Verónica Bapé

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En el muro lateral de la iglesia de Santiago Tlatelolco, encima de una gran puerta—la que da a la Plaza de las Tres Culturas—, se mantiene abandonado un San Cristóbal de ocho metros cruzando un río con el Niño Jesús sobre su hombro izquierdo, mientras con la mano derecha sostiene una rama, a manera de bastón, los pies metidos en el agua y el pantalón remangado casi hasta la cintura. El San Cristóbal, santo de los misioneros y conquistadores, por pura coincidencia (o no), fue el santo al que seguramente se encomendaron Colón, Cortés y Américo Vespucio; de suerte que, por una extorsión de ideas, unos y otros aparecieron desde entonces representados bajo la misma imagen.

El conquistador edificó por la fuerza, y no de otra manera, la creencia en un protector; pero imaginemos el caso, un protector que protege al que nos somete, al cual le debemos fidelidad, no adquiere razón sino porque retrospectivamente la conquista se vuelve un acto de fe.

El Niño se insinúa en la punta del mural, son visibles sus piernas y sus pies, el resto está descarapelado, descascando como ocurre con los muros de las torres de Tlatelolco y sus gigantescos nombres rotulados en las fachadas. Lo mismo ocurre en la planta baja de cada edificio donde sus nombres, en letras de metal, aparecen ilegibles; en uno de ellos encontré el fragmento: zaanooal. Puedo imaginar cuáles fueron las letras que se le cayeron de la misma manera que puedo reconstruir más o menos al pequeño Cristo. En cualquier caso, la caída de las letras y la pintura no revela un palimpsesto, como afirma Jean Charlot en su texto sobre el fresco de San Cristóbal sino un olvido, una sustracción, un alejamiento o un despojo de algo que desaparece.

—Texto por Juan López, fragmento

Los monumentos y estatuas que habitan nuestro espacio público representan altares a personajes y periodos ignorados por la mayoría. Estos fueron erigidos en distintas épocas y con desiguales intenciones, en su mayoría como resultado de negociaciones políticas, lo que los vuelve criptas alquiladas al mausoleo de la historia, dispuestas e impuestas en el espacio público. Por calles y plazas de México es común encontrar monumentos rotos, placas ausentes y pedestales vacíos. Este abandono ha vuelto del patrimonio urbano materia reciclable, fierro viejo, una “chatarra amnésica”. Su desmantelamiento y desaparición reflejan la depredación que ha padecido la nación durante siglos. Atender la relación espacio-tiempo de estos vacíos desde la sanación reflexiva permite su mejor comprensión.

En Tlatelolco, donde este fenómeno de carroña urbana es común, se convocó a un grupo de artistas a realizar intervenciones públicas, físicas y virtuales, cuestionando e interpelando esos vacíos en su trasfondo físico, simbólico e histórico, bajo la siguiente metodología:

1. Se fotografiaron aquellos escenarios donde hay monumentos, estatuas o placas desaparecidas.
2. Se invitó a 11 artistas a intervenir esos vacíos mediante renders digitales, acciones, dibujos y textos.
3. Se hizo una publicación digital de los resultados obtenidos.

Artistas

Balam Bartolomé, Javier Anaya, Verónica Bapé, Antonio Bravo, María Cerdá Acebrón, Carlos Iván Hernández, Mónica Herrera Montiel, Juan López, Perla Ramos, Alan Sierra, Laura Valencia Lozada, Yutsil.

link: https://terremoto.mx/en/online/balam-bartolome-en-colaboracion-con-javier-anaya-veronica-bape-y-otrxs-presentan-chatarra-amnesica-en-mexico/?fbclid=IwAR0p7S3Bu-ZneklRMskPo28_eaJ95-WgLY81k-J8C-KIG8y-l32ExztP5zE

Este proyecto fue posible gracias al Fondo PAC-COVID del Patronato de Arte Contemporáneo. Se llevó a cabo entre julio y noviembre del año 2020 en las inmediaciones del Conjunto Urbano Nonoalco Tlatelolco.
/ This project was made possible thanks to the PAC-COVID Fund of the Board of Contemporary Art. It was carried out between July and November 2020 in the vicinity of the Nonoalco Tlatelolco Urban Complex.

C H A T A R R A M N E S I C A
Verónica Bapé

I.
Entre el cobre y la piedra, se roban el cobre
Entre el cobre y la piedra, se queda la piedra
¿Y si la piedra brillara como el cobre?
Tendría el color del sol
pero tiene el color de la piedra, la densidad de la piedra y los secretos de la piedra.
Nadie quiere los secretos de la piedra.

II.
La piedra volcánica es hija del fuego.

III.
Nadie escucha a las piedras cuando hablan. Porque se la pasan hablando de día y de noche y cuando llueve y cuando la tierra tiembla y también cuando algunas cosechas se queman… Pero es que las personas ni entre ellas se escuchan cuando hablan.

IV.
La piedra volcánica es hija del fuego, nacida del líquido más hirviente, que es la furia de la tierra. Entonces las piedras volcánicas son la furia de la tierra y las manos de los hombres les hicieron un cuerpo. Y ya en forma de ídolos, las mujeres rezaron y lloraron. Y los hombres les contaron sus secretos y los pintaron con la propia sangre. Los ídolos vivieron de la sangre y de su fuego interno y así pudieron caminar entre nosotros y nos enseñaron los secretos del interior de la tierra. Fuego sólido en
la tierra que devino en cobre. Nuevos dioses de sol.

V.
Los antiguos ídolos son de piedra. ¿Y dónde quedó su magia? Ahí sigue.